Escrito por Lulu Yin
Traducido y adaptado al español por Gabriela Barzallo
Editado por Esperanza Balaguer
La Academia Tzu Chi San Francisco ha dado la bienvenida este año a nuevos estudiantes, incluidos algunos niños que asistieron en verano a las clases gratuitas de chino ofrecidas por la Oficina Económica y Cultural de Taipéi en San Francisco en las bibliotecas públicas de la ciudad. Gracias a estas clases, varias familias reavivaron la conexión con Tzu Chi que comenzó dos décadas atrás.
Los padres reconocen la filosofía educativa de Tzu Chi
Cuatro maestras y varios voluntarios de la academia impartieron el pasado verano ocho sesiones de idioma chino en cuatro bibliotecas públicas de la San Francisco. Además de enseñar, presentaron la labor de Tzu Chi a los estudiantes y a sus familias. Esto hizo que varios padres decidieran inscribir a sus hijos en la academia después de conocer la dedicación y el cariño desplegado por los maestros y los voluntarios.



El último día de las clases tuvo lugar el 11 de agosto. Ese día, el alumno Graeme Mckellar asistió acompañado de su madre, Sandy Chang. Al finalizar, ella, entre lágrimas, dijo: “¡Así que ustedes son de Tzu Chi! Siempre he estado muy agradecida con Tzu Chi”. Chang explicó a continuación que, 20 años atrás, durante un viaje en Hawái, los voluntarios de Tzu Chi la asistieron y acompañaron después de sufrir un accidente en bicicleta. “Jamás imaginé que volvería a encontrarme con Tzu Chi. Estoy muy feliz”, exclamó. Esa misma noche, conversó con su esposo y decidió inscribir a su hijo en la Academia Tzu Chi San Francisco.
Gratitud infinita por la ayuda de Tzu Chi
Tras aquel encuentro, el pasado 14 de septiembre, Sandy Chang, con su hijo Graeme en brazos, vestido con su nuevo uniforme de la Academia Tzu Chi, recordó con gratitud lo ocurrido tras su accidente en Hawái dos décadas atrás.
“Esto fue hace muchísimo tiempo, más de 20 años. Tras el accidente, la buena amiga de mi mamá, Eleanor So, de San José —que pertenecía a Tzu Chi— me ayudó a buscar un alojamiento para mis padres. También consiguió que un médico de la ciudad hablara con mi doctor para hacerle entender qué estaba pasando, porque yo había sufrido un accidente en bicicleta y mis padres ni siquiera sabían que yo estaba en Hawái”.
“El incidente tuvo lugar en la Big Island, pero me trasladaron a Honolulu porque allí tenían el equipo que necesitaban. Me intubaron, los médicos estaban muy preocupados sobre mi estado de salud. Tzu Chi ayudó muchísimo a mis padres. Lo prepararon todo para que pudieran alojarse cómodamente porque no sabían cuánto tiempo iban a estar allí. Les recogieron en el aeropuerto, les llevaron al hospital y les ayudaron con la comida y el alojamiento”, continuó Chang. “Estamos muy agradecidos por todo lo que ella [Eleanor] hizo por mi familia; es algo muy especial para nosotros. Cuando desperté, recuerdo que nos llevaron al aeropuerto cuando me trasladaron a casa. Había estado en coma, así que mi memoria es débil”, trató de recordar.
Los médicos les dijeron después que gracias a la buena condición física de la paciente y a su salud en general se había podido mantener estable durante el coma y el tratamiento. “Mi familia estaba aterrada en ese momento y yo completamente inconsciente, pero la fuerza de mi cuerpo me mantuvo hasta que desperté”, señaló. “Mirando atrás, sobrevivir fue un verdadero milagro logrado gracias a mi rutina diaria y al apoyo amable de tanta gente”, recordó.
Estamos infinitamente agradecidos por todo lo que Tzu Chi ha hecho por nuestra familia; Tzu Chi ocupa un lugar muy importante en nuestros corazones.
Sandy Chang
Madre
Academia Tzu Chi San Francisco
Esta experiencia permanece grabada con profundidad en el corazón de Chang. Su agradecimiento hacia Eleanor So y los voluntarios de Tzu Chi que ayudaron a su familia durante un período tan crítico es inmenso. La inscripción de su hijo en la Academia Tzu Chi San Francisco ha renovado su conexión con la fundación.
Un nuevo capítulo con Tzu Chi
Al hablar de la educación en chino de su hijo, Sandy Chang admite que al principio no tenía planes de enviarlo a una escuela de idiomas porque todos los conocidos que iban a una escuela de chino cuando ella era una niña “la odiaban”. Sin embargo, su hijo mostró un gran interés durante la última sesión de una de las clases en una biblioteca pública el pasado verano y le insistió en que quería continuar.
“Pensé: ay, no sé. Pero luego, como se trataba de Tzu Chi, dije: bueno, podemos intentarlo”, comentó Chang. Parte fundamental de su decisión se basó en la confianza que sentía por Tzu Chi, nacida años atrás cuando los voluntarios apoyaron a su familia con tanta bondad y sinceridad. Ahora, su hijo disfruta de las clases en la academia y con cariño la llama “el campamento chino”. A menudo le pregunta a su madre: “¿Voy hoy al campamento chino?”
“Hemos vuelto por todas nuestras experiencias con Tzu Chi”, concluyó Sandy Chang. Esa calidez y conexión han hecho que el vínculo de su familia con Tzu Chi sea duradero y lleno de gratitud.
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